jueves, 1 de noviembre de 2012

La última ecuación (Gerard Klein)

Fue un trabajo abrumador, para dejarlo sin aliento.
Distribuido en párrafos. Diez años estuvo encerrado en la biblioteca, sin salir, colmando hoja con hoja, volviéndolas a leer, viajando por el prodigioso universo de matemáticas que creaba lentamente.
Al llegar al décimo año, vio perfilarse la silueta del resultado: la última ecuación, la perfecta solución, la prueba matemática de la existencia de Dios.

Tuvo que recurrir a innumerables posibilidades: a edificar un modelo exacto y teórico del universo; reunir un millón de coordenadas y atarlas en apretados rimeros, quemar todo y pesar las cenizas. Mas ahora conocía la última ecuación y la formulaba, la demostraba. Sencilla como era, abrumaba un millar de hojas. Trabajó veinte horas diarias. Y en tres meses de trabajo agotador, dio fin a la tarea, al descubrimiento definitivo del genio humano.
Trazó la última línea, dibujo amorosamente la última letra, la subrayó dudando un momento antes de añadir la palabra “fin” en mayúsculas.
Y entonces la voz todopoderosa, majestuosa y tonante, brotó de todas partes y de ninguna. Dio un salto, lleno de susto.

–Está bien –dijo la voz–, me has encontrado. Ahora te toca a ti esconderte. Voy a contar un millón de años. Y no hagas trampa...

 - Gerard Klein