viernes, 16 de noviembre de 2012

Escrito por un taxista de la ciudad de Nueva York

Una bella historia que nos hará reflexionar.

Llegué a la dirección y toqué la bocina. Luego de esperar unos minutos, la toqué otra vez. Dado que este sería el último servicio de mi turno, pensé en irme pero en cambio apagué el motor, caminé hacia la puerta y lamé… “Un momento,” me contestó una voz frágil y añeja. Podía oír como algo estaba siendo arrastrado por el piso.
Luego de una larga pausa, la puerta se abrió. Una mujer pequeña de unos noventa años se postró frente a mí. Llevaba un vestido estampado y un sombrero con un velo sobre él, parecía alguien sacado de una película de los años cuarenta.
A su lado tenía una pequeña maleta de nylon. El apartamento parecía como si nadie hubiera vivido allí durante años. Todos los muebles estaban cubiertos por sabanas. No había relojes en las paredes, ni adornos o utensilios en los estantes. En la esquina había una caja de cartón repleta de fotos y cristalería.
“¿Me podría llevar la maleta al coche?” dijo ella. Tomé la maleta, la llevé al taxi y volví para asistir a la mujer. Ella me tomó del brazo y caminamos lentamente.

Seguía dándome las gracias por mi amabilidad. “No es nada”, le dije… “Yo trato a mis pasajeros de la misma forma en la que quisiera que trataran a mi madre.”
“Oh, eres tan buen chico,” me dijo. Cuando nos montamos en el taxi me dio una dirección y luego me preguntó, “¿Le importaría pasar por el centro de la ciudad?”
“No es la vía más rápida,” le respondí rápidamente.
“Oh, no me importa”, dijo ella. “No tengo prisa. Voy de  camino a un hospicio”.
Miré por el espejo retrovisor. Sus ojos brillantes. “No me quedan más familiares,” continuó en una voz suave. “El doctor dice que no tengo mucho tiempo.” En silencio, apagué el taxímetro.
“¿Por que ruta le gustaría que la llevara?”, le pregunté.
Durante las siguientes dos horas conduje por la ciudad. Ella me mostró el edificio donde alguna vez trabajó como ascensorista.
Pasamos por la urbanización donde ella y su esposo habían vivido como recién casados. Hizo que me detuviera en frente a un almacén de muebles el cual había sido un salón de baile donde ella había bailado de joven.

A veces me pedía que redujera la velocidad frente a un edificio en particular o una esquina y se quedaba mirando, pensativa y en silencio.
De pronto me dijo, “Estoy cansada. Vámonos ya.”
Nos dirigimos en silencio hacia la dirección que me había dado. Era un edificio chato, como un hogar pequeño de convalecientes, con un camino de entrada que pasaba por un pórtico.
Al llegar, dos enfermeros salieron hacia el taxi. Eran atentos y amables, observando cada paso que ella tomaba. Estoy seguro que la habían estado esperando.
Llevé la pequeña maleta hacia la puerta. La mujer ya estaba sentada en una silla de ruedas.
“¿Cuánto le debo?” me preguntó, mientras metía la mano en su cartera.
“Nada,” le dije.
“Usted debe ganarse el pan,” me contestó.
“Hay otros pasajeros,” le respondí.
Casi sin pensarlo, me agaché y le di un abrazo. Ella se aferró a mí con fuerza.
“Usted le dio a una vieja mujer un momento de alegría,” me dijo. “Gracias.”
Apreté su mano y luego caminé hacia el taxi… Una puerta se cerró detrás de mí. Era el sonido del cierre de una vida.

No recogí a más pasajeros en ese turno. Conduje sin rumbo, perdido entre mis pensamientos. Casi no pude hablar durante el resto del día. ¿Qué hubiera pasado si a esa mujer le hubiera tocado un conductor malhumorado, o uno que estaba impaciente al final de su jornada? ¿Si yo hubiera rechazado tomar la carrera, o tocado la corneta una sola vez e irme?

En resumidas cuentas, no creo que haya hecho nada más importante en mi vida que esto. Estamos condicionados a creer que nuestras vidas giran en torno a grandes momentos.
Pero muchas veces los grandes momentos nos agarran de sorpresa, bellamente envueltos en lo que otros podrían considerar un momento trivial.