miércoles, 31 de marzo de 2010

ESCENAS DE REALISMO MÁGICO (POR EDUARDO REVUELTA)

Otro gran y divertido relato de Edu, para añadir a las anécdotas de Casa Maruja, Londres.

ESCENAS DE REALISMO MÁGICO: DE CÓMO LA CAFETERA DE ANTÓN ME AYUDABA A PLANCHAR.
Yo aprendí a planchar en Casa Maruja. Y lo digo con un toque de orgullo no exento de cierta vanidad. Al fin y al cabo, no son muchos los varones ibéricos que pueden presumir de ello, si bien es cierto, que tampoco son muchos los que han contado con la inestimable ayuda de esta reliquia dadivosa que se apenó de mí y vino en mi ayuda: LA CAFETERA DE ANTÓN.
Lo cierto es que el descansillo de uso triple ya mencionado anteriormente en estas crónicas, tenía una cuarta función: hacía las veces de cuarto de plancha y no me preguntéis como. Si habéis estado en casa Maruja, sabréis que es cierto. Si no, nunca lo creeréis.
Un día, estando yo envuelto en la infructuosa tarea de plancharme una camiseta cuyas arrugas contra toda lógica se iban marcando más y más a cada pasada de la plancha, acertó a pasar por allí una de las encantadoras féminas que todavía se atrevían a habitar la casa. En cuanto me vio, exclamó….”Que haces!!!!!...que tío mas inútil, trae para acá la plancha, hombre”. Evidentemente, tan repentino ataque no podía ser interpretado sino como un menoscabo, casi diría una ofensa a mis habilidades con el noble hierro por lo que traté de defenderme de una manera casi instintiva. Me dispuse a presentar una defensa numantina, pero tras unas décimas de segundo de resistencia me percaté de que la batalla estaba perdida. La tabla era suya, la plancha también, allí estaba ella dueña del campo de batalla y yo, humillado con el rabo entre las piernas, no tuve mas remedio que recurrir a la única salida airosa que se me ocurrió….Oye, te apetece un café? Te invito….ella contestó “vale” y yo procedí a batirme en retirada escaleras arriba como perro apaleado.
No obstante, un anticuado sentido del honor y la palabra dada me obligaban a acudir como siempre al paquete de mi amigo Juan Abaitua en busca del preciado polvillo…tan solo para percatarme, de que estaba vacío…Que tontería! Juan, al igual que yo, era espíritu puro y no había sido tocado por la maldición bíblica “Ganaras el pan con el sudor de tu frente”…en consecuencia, el interior de nuestros paquetes de café constituía  el único espacio diáfano en tan apretada mansión. Había que buscar otro recurso y que mejor alternativa que reorientar esfuerzos en la búsqueda de la despensa de un Gallego trabajador, esforzado y bien aprovisionado como todos los de su raza, que además no estaba en casa por encontrarse en el curro y cuyo secreto escondite yo conocía por compartir habitación con el….El paquete de café de mi amigo Nachete, autor y propietario de este blog era la solución ¡!!!!!
Una vez extraído el café y doblado y guardado el paquete en su correcto lugar y posición para no dejar huellas del crimen, la Cafetera de Antón acudió en mi auxilio de nuevo. Procedí a llenarla de agua y ponerla al fuego. Tardaba poco en borbotear por lo que se hacía necesario un rato de charla y un pitillo para ayudar a que terminase la labor de la plancha. Creo recordar que en aquella ocasión me acompañaba el Sr Capote con quien mantuve una interesante conversación de tintes ecológicos sobre la conveniencia o no de matar y comerse con arróz y plátano los lagarto protegidos de la isla de La Palma, práctica esta a la que era muy aficionado mi interlocutor, oriundo de allí,  y que por contra yo reprobaba por razones de corte legal y conservacionista.
Acabada la charla, me dispuse a calentar la leche, llevándola al punto de ebullición y procurando a la vez que no se vertiera, procedimiento cuasi chamánico y solo para iniciados que yo había aprendido del gran maestro Antón, y cuyo resultado era asombroso: de esta forma el café parecía un capuchino….
Y ya con las tazas llenas, descendí el escaso tramo de escaleras que me separaba del cuarto de planchar, sólo para confirmar que el milagro se había obrado….allí, ante mí, se desplegaba el maravilloso espectáculo de mis camisas y demás ropa, perfectamente planchadas y dobladas…por supuesto, fui recibido por mi particular sacerdotisa de la plancha con una sonrisa de agradecimiento por el café que generosamente le había preparado. Había quedado como un señor. No olvidéis esto, con las damas, ante todo, cortesía.
No tardé en percatarme de que reproduciendo la escena anteriormente mencionada, el súbito frenesí planchador se disparaba en todas las féminas de la casa; quizá, un instinto maternal exacerbado por las durísimas condiciones de vida en Maruja house, unido a una hábil técnica de muñeca por mi parte que iba convirtiendo arrugas casi inapreciables en verdaderos acantilados textiles, provocaban la reacción. No obstante y en honor a la verdad, es justo reconocer que hubo una que jamás reaccionó a mis cantos de sirena: La propia Maruja que pasando a mi lado mientras planchaba se limitaba a comentar “ Cuidao con eso….a ver si me vais a quemar algo….” Quien sabe, seguramente estaba resabiada, conociendo a si inefable pareja sentimental, no puedo sino preguntarme cuantas veces el Sr Pepe habría ensayado esta misma estratagema con ella.

Y así fue como a partir de este día y ayudado siempre por la sacra y venerable cafetera de Antón y la desinteresada donación cafetil de Nachete , me convertí en el tipo mejor planchado de Maruja´s House para envidia de todos mis compañeros que aún tratando de literalmente de arrancarme el secreto de mi atildada presencia, nunca lo consiguieron hasta hoy en que vencido finalmente por un natural filántropo no exento de inconvenientes, lo pongo en conocimiento de toda la humanidad.