sábado, 8 de agosto de 2009

LA CAIDA DE LA CASA MARUJA (POR ANTÓN ABAITUA)

He recibido la primera historia de "gente que pasó por Casa Maruja (Londres)", un lugar muy peculiar donde muchos de nosotros vivimos grandes experiencias. La mayoría pasaba un periodo de unos 2 o 3 meses, otros pasamos un periodo más largo e incluso intermitente.

Creo que Casa Maruja fue puesta en marcha en los años setenta, por una gallega que emigró en aquellos años a Londres, como una especie de "residencia de estudiantes, emigrantes, viajeros, etc". Yo estuve allí una temporada en 1996 y otra en 1997, y creo que a principios del nuevo milenio cerró como tal.

A continuación transcribo el texto que me envió Antón. Uno de los grandes veteranos de Casa Maruja, que nos cuenta una anécdota con un corrosivo sentido del humor.
Un saludo y muchas gracias, Antón.


No sé si estabas en Casa Maruja cuando se desplomó el techo de mi habitación.

En uno de sus arranques de genialidad, Maruja había reconvertido el trastero típico de las casas inglesas en una nueva habitación triple. Transportó allí las camas, no sabemos como. Y la comunicó con el resto de la casa con una coqueta escalera de incendios, para ahorrar espacio.

También instaló allí una ducha diminuta. Para hacerla funcionar había que conchavarse con alguien que estuviera en la cocina para que abriese el agua caliente y luego la cerrase cuando acabase de ducharse. Todo esto a grito pelado.

Para completar el panorama, hizo subir a este zulo a los tres tipos más grandes de la casa, entre ellos Capote (Que habrá sido de él, sabes tú algo...?) un canario alto y robusto que hacía temblar la casa cada vez que se ponía a hacer flexiones...

Es obvio que una situación así exigía un tributo en sangre y así estuvo a punto de ocurrir...

Un día al llegar a casa, Maruja me dijo que había trasladado mis cosas a otra habitación. Yo iba pensando en mis cosas y no le preste atención, así que abro la puerta de mi habitación. Aquello parecía una casa cuartel después de un atentado de ETA. Resulta que, abrumado por el peso de la habitación-trastero y sus inquilinos, se había desprendido el cemento y la pintura del techo de mi habitación, dejando al descubierto el entramado de madera. Al haber ocurrido a media mañana, cuando todos trabajábamos, no había habido desgracias personales y puedo ahora dar fe del suceso.

Maruja rescató nuestros enseres entre los escombros, llamó a su albañil habitual para que arreglara el estropicio y se abrió una botella de coñac.

Y así pasaba el tiempo en aquellos días felices de Casa Maruja.