martes, 8 de febrero de 2011

Impresiones de Marruecos, enero 2011

No fui a Marruecos como turista sino como viajero. Llegué a Tanger por barco el 18 de enero para encontrarme con Moha, un buen amigo que conocí hace algunos años en Menorca. Todos los años pasa un mes en Marruecos para visitar algunos miembros de su familia.
Moha y un amigo suyo llamado Abdul vinieron a recogerme a la estación marítima. Mi plan era pasar una semana en Marruecos y conocer un poco  desde dentro esa tierra y cultura tan misteriosa y fascinante.

Pasamos las dos primeras noches en Tanger, en casa de Abdul, este trabaja durante el verano en Mallorca y pasa el invierno en Marruecos. Nos acogió en su gran casa, y gracias a él nos desplazamos con total independencia en su coche por el país.

Tanger es una ciudad moderna y turística, pero sin embargo no ha perdido su atmósfera y encanto árabes. Sus mercados en la zona más antigua de la ciudad son realmente pintorescos, y se puede encontrar de todo. Pasear por sus callejuelas es todo un placer visual.
Al igual que en otras grandes ciudades de Marruecos, en Tanger hay los típicos aparcacoches, equivalentes a los gorrillas en España, pero estos para nada son un problema, más bien al contrario, resuelven muchos. En primer lugar, tienen que solicitar una licencia al ayuntamiento para ejercer de aparcacoches o gorrillas legalizados, y van identificados. Suele ser gente humilde y honrada que presta un gran servicio a cambio de la voluntad de cada conductor. Gracias a ellos encuentras rápido un lugar para aparcar incluso en el centro de la ciudad, con la seguridad de que tu coche estará vigilado.
Si en España se tomara ejemplo de este concepto de aparcacoches, se acabarían los gorrillas ilegales.



El día 20 de enero nos levantamos temprano y emprendimos nuestra ruta en coche hacia Marraquech, pasando antes por Asilah y Larache.
Asilah es una pequeña población costera fortificada y de casas blancas, está a unos 50 klms de Tanger. En sus inmediaciones nos detuvimos un par de horas para visitar algunos familiares de Moha. Su abuela, su tío y un par de primos viven en una pequeña granja en medio del campo, un entorno privilegiado en el que el tiempo parece detenerse. Abdul y yo fuimos recibidos cálidamente. Me sorprendió mucho ver a su tío alinear un polvo marrón, sacado de un botecito plástico, sobre el lateral de su mano y a continuación aspirarlo por la nariz. Se trata de tabaco en polvo (tabac) que se toma de esa manera y es característico de Marruecos.

Más tarde fuimos a una pequeña aldea cercana, para visitar a Sadik, un amigo de la infancia de Moha. Sadik es una de esas personas que cuando las conoces cambian tu forma de ver la vida. Tiene un kiosco de unos 5 metros cuadrados en donde vende desde piezas de bicicleta, hasta platos de ducha, tinajas, gafas de sol, y otros artículos improvisados. Siempre está de buen humor y no para de hablar y contar anécdotas. Pase lo que pase, él siempre encuentra la manera de convertirlo en una historia divertida.
Hablaban en arabe, yo no entendía ni jota. Sadik contaba una historia con entusiasmo y alegría, mientras Moha, Abdul y Mohamed (un primo de Moha) no paraban de reírse. Yo aunque no sabía de que iba el tema, viendo a Sadik y como se expresaba me contagiaba de su alegría. Veía su pañuelo palestino alrededor de su cuello y pensaba "Cuando lleguemos a Marraquech me compraré uno igual."


Al irnos para el coche, Moha me contó la historia que tanta gracia les había causado. Resulta que a raíz de que yo estaba allí, se acordó de aquella vez, años atrás, que había viajado a España donde pasó 24 horas.
Sadik y otras 20 personas habían pagado 800 euros cada uno por una plaza en una pequeña embarcación a motor que los llevaría hasta las costas españolas. Como eran ilegales debían esperar unos días escondidos en un bosque por el momento adecuado para partir. Cuando al fin se encontraban en alta mar, se estropeó el motor y estuvieron 3 días a la deriva. Finalmente consiguieron amañarlo y llegar a las playas de Tarifa. Él y otro chico de la embarcación no conocían a nadie en España, y no sabían bien hacia donde dirigirse. A las pocas horas fueron pillados por la Guardia Civil y enviados de vuelta a Marruecos.
Para cualquier otra persona esta aventura sería un drama personal, pero él la había convertido en una anécdota divertida. Así es Sadik, una persona que ve la vida con optimismo y que contagia a los demás de su alegría. Y la mayoría de nosotros, a veces, quejándonos por tonterías.

Habíamos arrancado el coche y ya nos ibamos, cuando Sadik llega corriendo y me entrega un pañuelo palestino como el que él llevaba: "Un regalo de todo corazón" - Me tradujeron.
No me lo podía creer, era como si me hubiera leído la mente.



Llegamos a Larache por la tarde. Allí nos esperaba Otman para invitarnos a comer una buena fuente de pescado.
Yo había conocido a Otman el día anterior en Tanger. Habíamos salido por ahí a tomar un té y conversar. por cierto, el té verde con menta fresca típico de Marruecos está buenísimo, yo estaba todo el día tomando té.

Larache es una población pesquera y turística, y un destino con mucho encanto en Marruecos. Merece la pena visitar la antigua Medina, y las vistas desde su paseo junto al mar. Aquí hay mucha historia española, y muchos lugares hacen referencia a España, como la plaza de España, el hotel España, el consulado español. También hay una iglesia católica. Por cierto hay más por Marruecos.

Bajamos al puerto para comprar una selección de pescado fresco (chipirones, gambas, salmonetes, etc), que luego llevamos a un pequeño restaurante local donde nos lo prepararon y sirvieron en una gran fuente, todo ello acompañado de patatas y ensalada fresca. Estaba delicioso. Otman lo organizó todo, ya que sabía quien vendía el mejor pescado y quien lo preparaba.
Cuando acabamos la comida-cena (ya que empezamos a comer a las 5 de la tarde) ya había anochecido. Nos fuimos a una terraza a tomar un té para hacer la digestión, allí nos encontramos con otro primo de Moha y el cuñado de Hotman.
Moha se fue un rato a ver a una amiga suya y yo me fui otro rato con el cuñado de Otman a fumar una Shisha. Me llevó por unas callejuelas y llegamos a un portal, entramos a una pequeña estancia llena de humo donde 8 amigos suyos fumaban de 6 Shishas. Había una mesa central y unos sofás árabes contra las paredes donde todo el mundo se tumbaba. Allí estuvimos tirados una horita fumando y tomando yogurt marroquí. Luego al regresar con los demás dimos un paseo por la Medina. Otman me dijo que siempre que quisiera volver a Larache, lo llamase y sería mi anfitrión.

Esa noche dormimos en un hotel de Larache, y al día siguiente por la mañana temprano retomamos nuestro camino hacia Marraquech.


Llegamos a Marraquech el viernes al mediodía. Después de mucho buscar un alojamiento asequible, y tras varias llamadas de teléfono, nos alquilaron un piso completo para dos noches.
Esa misma noche recorrimos el increíble Zoco de Marraquech, el mercado más grande y bullicioso del Magreb. Una experiencia increíble... Las gentes, los aromas, el bullicio, las callejuelas laberínticas cubiertas por lamas de madera, comerciantes, artesanos, etc.
Después de un largo y boquiabierto recorrido, llegamos a la plaza Djema-el-Fna, la plaza más inmensa y fascinante de Marruecos. Tambores y flautas sonaban en la lejanía, se divisaban unas luces a lo largo del horizonte, era el otro extremo de la plaza. Por el día esta plaza está poblada por encantadores de serpientes, trobadores, aguadores, vendedores ambulantes, adivinos, y un sinfín de personajes de todo tipo buscándose la vida.
Cenamos en uno de los restaurantes de la plaza tipo chiringuito, donde los cocineros y camareros que hablan cualquier idioma del mundo intentan convencerte para que comas en su garito.
En Marruecos, comas donde comas, la comida es siempre sana, fresca, artesana y sabrosa.


Hicimos el mismo recorrido al día siguiente para disfrutar de este entorno mágico a la luz del día. Pasamos dos días y dos noches increíbles en la ciudad roja, hicimos algunas compras interesantes, eso sí, regateando mucho. La noche antes de volver a Tanger salimos de farra y acabamos a las 5 de la mañana. Al día siguiente por la tarde hicimos de un tirón los 600 kilómetros que nos separaban de Tanger.



El último día en Tanger, la familia de Abdul nos invitó a una comida típica marroquí, que como de costumbre estaba buenísima.

Mi opinión de Marruecos es que es una tierra mágica, en donde la gente es amable, abierta y genuina. Me fui con la impresión de llevarme más de lo que merecía.

Cuando me fui empezó a llover. En Marruecos, si el día en que te vas llueve, significa que volverás.