martes, 3 de marzo de 2009

15- LOS PERSONAJES QUE LLEVAMOS DENTRO

"EL MUNDO ES UN ESCENARIO. Y TODOS LOS HOMBRES Y MUJERES SON SIMPLEMENTE ACTORES: TIENEN SUS ENTRADAS Y SUS SALIDAS. Y CADA PERSONA, EN EL TIEMPO QUE LE CORRESPONDE INTERPRETA VARIOS PAPELES" (William Shackespeare)

No puedo acordarme de toda la gente que vivió o pasó por Casa Maruja durante mi primera etapa allí, que fueron unos 7 o 8 meses aproximadamente. Y de los que me acuerdo, no puedo mencionar a todos porque nos haríamos un lío. Así que me limitaré a mencionar a los personajes más significativos.

Para mí, Casa Maruja era un ir y venir de protagonistas de sus propias historias. Cada uno tenía algo que contar, algo de lo que huir, o algo que buscar. Era como una gran comedia donde todo era muy intenso, sin lugar para el aburrimiento.

Iván y Juan Trabajaban en un hospital, creo que era el Saint Mary´s. Pertenecían al departamento de limpieza, pero como decían ellos, no había nada que limpiar. Así que la mayoría del tiempo lo dedicaban a pasearse por las plantas de arriba abajo, conversando con los pacientes más veteranos que esperaban ansiosos su llegada.
Iván, incluso se echaba una partida de cartas con un anciano que le contaba su vida por capítulos.
Según Juan, lo típico en Iván era encontrarlo pavoneándose todo chulo y vacilón con una escobón al hombro, una gran sonrisa y un cigarro liado detrás de la oreja. A veces su jefa lo pillaba y le soltaba un rapapolvos, pero él no se inmutaba. Sonreía, y decía: "no problem" , y se ponía a la faena. Pero en cuanto desaparecía la jefa, escobón al hombro otra vez.
Siempre que me acuerdo de Iván, lo recuerdo sonriendo, nunca le vi serio. Se lo tomaba todo en broma y con filosofía. Para él los problemas no existían o se los pasaba por el forro.

Yo, Iván y Edu fumábamos tabaco de liar, ya que los cigarrillos normales estaban entonces casi tres veces más caros que en España. Decíamos que aparte de ser más económico era más sano y natural. Y podías fumar menos simplemente haciéndolos más finos.
Yo empecé a hacerme los cigarros cada vez mas perfectos y más finos, era como un ritual. Además, me había inventado la teoría de que haciéndolos más y más finos al final dejaría de fumar sin enterarme. Pero no funcionó.

Hablando de teorías, en Casa Maruja, quien más y quien menos tenía sus teorías o ideas estrambóticas: Juan decía que la convivencia perfecta entre un hombre y una mujer sería trazar una linea divisoria en el hogar conyugal, cruzándose dicha linea solamente en casos muy concretos o de urgencia sexual.
Había un gran compañero vasco, que una vez, en un tema de conversación sobre el amor y sus diferentes interpretaciones, alegó que él tenía los cojones llenos de amor.
Meses más tarde, también, hubo una chica en la casa que tuvo la osadía de llamar "residencia de estudiantes" a Casa Maruja. Aquello provocó grandes carcajadas y pitorreos que se prolongaron durante semanas.

También vivía en la casa Victor, al que todavía no he mencionado. Era un apasionado de la ciencia, y en especial del universo y todo lo que al concierne. Lo sabía todo del tema. Podía tirarse horas hablando de la teoría de la relatividad. Su cabeza estaba llena de constelaciones, formulas y teorías, y le gustaba proclamar sus conocimientos a los cuatro vientos. Y cuando lo hacía, lo hacía con vehemencia y fogosidad: sus músculos se tensaban, su cara enrojecía, las venas de su cuello se dilataban. Era todo un espectáculo.
Edu que era geólogo y sabía bastante de algunos temas de los que Victor se jactaba, buscaba siempre la forma de pillarle en algún error. Y coversaban y discutían sobre temas apasionantes. Para mí, aquello era como ver un documental de la BBC.

Victor venía de un pueblo de Andalucía en el que era un gran incomprendido. Según él, la gente le llamaba el loco de las estrellas. No podía soportar la incultura de la gente, que decide ser ignorante por decisión propia. Su palabra favorita era ceporro, para definir a este tipo de gente.
Según él, en el entorno en el que vivía, había muchos ceporros. Siempre llevaba un rotulador de color rojo para corregir los anuncios que se iba encontrando por el barrio, del tipo de:


En su barrio, decía, proliferaban las pitonisas, adivinos y videntes que se lucraban a costa de la ignorancia de la gente.

Victor había venido a Londres a estudiar inglés, y con el tiempo quería traerse a su mujer y encontrar un trabajo relacionado con la ciencia, que era su sueño. Aunque sabía que no era fácil, y tendría que esforzarse y estudiar mucho. En esa época trabajaba en un restaurante para ir tirando.
Conociéndole, y aunque no he sabido de él durante más de diez años, me lo imagino trabajando en el museo de la ciencia, el observatorio de Greenwich o algún lugar por el estilo. ¡Por sus cojones!